Una respuesta a los reclamos de que este diario abandone el periodismo
Escribe
Sebastián
Lacunza
Editor-in-Chief
@sebalacunza
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Por tercera vez en el año, uno de los secretarios de redacción del
diario La Nación, Pablo Sirvén, se refirió ayer al Buenos Aires Herald en su
columna de página 2. En todos los casos, Sirvén acusó al diario que dirijo en su versión impresa de practicar “oficialismo”, aunque matizó, “de baja
intensidad” o "sobrio".
No deja de ser reconfortante que el diario más influyente de la
Argentina se ocupe con inusitada frecuencia de otro periódico que busca
transitar un camino digno pero con pretensiones modestas.
El último ataque de Sirvén al Herald puso el foco en la entrevista
realizada al excomandante de la Fuerza Aérea Omar Graffigna. Según el
columnista de La Nación, se trató de una “gauchada” a Horacio Verbitsky, dado
que Graffigna negó que Verbitsky le hubiera escrito sus
discursos durante la dictadura, extremo que sostiene una versión periodística.
Sirvén expresó sospechas por el hecho de que a la periodista Luciana Bertoia se
le hubiera “ocurrido” llamar a Graffigna para realizar una entrevista que, tal
como fue jerarquizada, empezó por Malvinas, siguió por la represión y terminó
en el periodista de Página 12.
Nada extraño. La periodista del Herald, parte de cuyo trabajo cotidiano
es la sistematización de información sobre el terrorismo de Estado, con
testimonios y verificación de fuentes, realizó la tarea elemental de consultar
a un represor con el fin de escuchar su versión, algo no tan frecuente en el
periodismo de hoy.
Bertoia es una de las periodistas argentinas con más altos conocimiento de las causas judiciales de la represión y formación en derechos humanos, motivos por los que fue convocada a trabajar a un diario cuya línea
editorial incluye, entre sus prioridades, la búsqueda de memoria, verdad y
justicia, en contraposición a la prédica a favor del olvido, tergiversaciones e
impunidad de otros medios. Así las cosas, es entendible la suspicacia expresada
por Sirvén.
El Herald se ha transformado en un medio incómodo en tiempos de
clasificaciones someras de oficialistas y opositores. Por caso, al día
siguiente de la entrevista a Graffigna que molestó a La Nación, salió publicada
en contratapa otra a Santiago O’Donnell, coautor junto a Mariano Melamed de un
libro crítico de Verbitsky y del Centro de Estudios Legales y Sociales. Quizás,
el especialista en medios de La Nación no tiene oportunidad de leer el Herald a
diario, por lo que se ve forzado a echarle una mirada cuando este periódico publica
alguna primicia o es objeto de debate en redes sociales. Se sabe, a veces
Twitter conduce a mal puerto.
Más desconcertante aún para los periodistas partidizados que se dedican
a disparar conclusiones sobre algún indicio suelto es un repaso por los
columnistas habituales del diario, algunos de los cuales llevan más de tres
décadas encabezando la sección Opinión. Casi todos se ubican en una línea
crítica del oficialismo. Para incrementar el desconcierto, un mínimo seguimiento
de la agenda informativa del Herald, que exhibe temas incómodos para todos los
gobiernos, desbarata todo intento precipitado de etiquetar.
Un ejemplo. El Herald fue uno de los primeros medios que percibió la
notable debilidad de la denuncia del fiscal Alberto Nisman contra la presidenta
Cristina Fernández de Kirchner (CFK) y otros funcionarios, algo que, por
cierto, hoy es una postura que muchos más suscriben. Ello no impidió
que este diario pusiera tempranamente la mirada sobre el turbio manejo de los
organismos de Inteligencia por parte del Gobierno, o sobre la complicidad con
un fiscal cuyo currículum recién ahora es descubierto como oscuro por la Casa
Rosada. La Presidenta elogió una tapa del Herald sobre Nisman (no la del día
anterior, tampoco la del día siguiente). Tras cartón, Sirvén se lanzó a hilvanar
conclusiones sobre el comentario de CFK. El análisis sobre el discurso
presidencial de enero que aludió al Herald se titulo, en tapa,
“Commentator-in-Chief”.
Es tiempo de obediencia debida. Algunos, incluso, se lo toman como un
asunto religioso (la primera nota de Sirvén contra este periódico proclamó “La
maldición del Herald”). Quienes pasan lista para comprobar lealtades aspiran a
un seguimiento acrítico de cuanta versión resulte útil para perjudicar al
adversario. No esperen que el diario que dirijo abandone el periodismo.