lunes, 8 de julio de 2019

Andrew, el porteño más inglés

El domingo llegué a Buenos Aires de un viaje largo y en el camino a casa desde Ezeiza me enteré de la muerte de Andrew Graham-Yooll.

En abril de 2013, a horas de que me propusieran dirigir el Herald, sonó mi celular. Era Andrew: directo, algo alborotado, con la voz afectada que suelen tener los asmáticos, y sin rastros del estereotipo british. Hasta entonces, para mí Graham-Yooll era una firma (un prócer del Herald), a quien imaginaba distante desde su pedestal.

Al día siguiente, en pleno horario de redacción, fui a su casa en una zona de Barracas que desconocía. Dos cervezas frías. Andrew; el periodista, el corresponsal, el historiador; era Andrés para el remisero de la villa 21-24 que lo solía conducir.

Nos vimos desde entonces con cierta frecuencia; por lo general, en cenas con su pareja y Mercedes después del cierre o, desde que se había mudado a Larroque, en horarios más normales durante sus visitas a Buenos Aires.

No corresponde que trace un perfil por acá. Hay voces más autorizadas para lo personal y su recorrido profesional valdría un libro.Cuento dos o tres cuestiones.

Laburaba las notas como si fuera el aspirante a crítico literario que golpeó las puertas del Herald hace 50 años. Tomaba colectivos, trenes, compartía tardes con sus fuentes (historiadores, escritores, expertos insospechados, testigos). Entregaba un texto pulido. Era de esos — tan respetables — que se releen y mandan las corrrecciones porque falta una mayúscula o sobra un punto.

Su combinación de memoria e ironía era una espada filosa a la hora de mirar al pasado, pero al mismo tiempo, no le faltaba afecto ni generosidad. Guardaba cierta reticencia a revisitar los setenta, le escapaba a los relatos épicos. Era tan interesante conversar con él, que me contenía para que no pareciera que le estaba haciendo una entrevista.

En momentos críticos del Herald, apelé a sus consejos. No hablamos mucho de nuestras diferencias, que intuyo las habría. Con pocas palabras, captaba cómo venía la mano. Me frenó a tiempo en un par de oportunidades y me anticipó escenarios que finalmente se dieron.

Los últimos años fueron duros para Andrew. Creo que utilizaba el humor y la falta de preámbulos para revestir temores y preocupaciones.

Almorcé con él y su pareja hace un mes y medio. Lo vi muy bien, con el espíritu recuperado.Aunque porteñazo, tenía algo de inglés en la previsión de los tiempos. Me dijo que en julio se iba de viaje a Inglaterra; que de ser necesario, lo llamara antes por un dato que quedó pendiente. Como yo también partía, pensé en dejarlo para el regreso de ambos.

Me impacta la prepotencia de la muerte para interrumpir la vida cotidiana, y la prepotencia de la muerte para interrumpir la riqueza e la vida.

Hasta siempre y gracias.

martes, 26 de febrero de 2019

ARGENTINA: UNA SEMANA DE MIEDO


1 de septiembre de 2018 | Escribe: Sebastián Lacunza

En medio de la tormenta, jerarcas del gobierno de Macri disertaron en el Council of Americas.
Un hilo de tensión surcó este jueves el Council of Americas (COA) en el hotel Alvear, corazón del barrio de la Recoleta de Buenos Aires. Por allí pasaron los ministros más influyentes del gobierno argentino, un cúmulo de empresarios (de los encuadernados y de los otros), lobistas, traders, embajadores y oportunistas. Cuando el encuentro dio inicio, a las 8.00, la cotización del dólar era de 34 pesos; cuando terminó, pasado el mediodía, llegaba a 44, casi tres veces más que hace un año.
Día de viento, frío y lluvia en Buenos Aires. El ánimo colectivo en el lujoso hotel de Recoleta indicaba que la fiesta de la reinserción al mundo, apenas comenzada, que presumiblemente duraría años o décadas, ya había terminado, porque la niña bonita, la flor de tus ojos, se había ido con otro.
Entre una quincena de expositores, se sumó al estrado principal Marcos Peña, el álter ego de Macri que manejó la lapicera y el látigo durante tres años y hoy es el blanco de los ánimos revanchistas. Peña, jefe de Gabinete, anunció que no habrá cambios en el rumbo, al que percibe exitoso.
La pobreza aumenta varios puntos por encima del nivel heredado en 2015; el desempleo va hacia las dos cifras –si no las alcanzó–, el salario mínimo pasó de ser el más alto al más mediocre de la región, la inflación se quiere parecer a la de Venezuela (todavía no puede), nadie invierte un duro, Argentina retrocede en todos los ránkings, hasta los que concitan interés en los sectores market friendly, pero Peña dice que el gobierno de Macri está haciendo historia. En cierta forma, tiene razón.
También transitaron por el escenario del COA quienes suenan para reemplazar a Peña –un cambio improbable–, el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, y el gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, tratando de deslizar algún matiz que puede ser útil el día de mañana. En cualquier caso, la tensión mayor estaba afuera, en los pasillos, más poblados que el auditorio principal en el salón Versailles. Era la fiesta de un lobby con dejo melancólico.
Entre cafés y algún tentempié, se repetían frases de desganado tono optimista: “Si se logra frenar la turbulencia, se solucionará el tema fiscal y la industria ganará competitividad; veo muy bien a las pymes con la posibilidad de exportar”; “los cambios duelen, pero los fundamentales de la economía son sólidos, el objetivo de una nueva Argentina con un capitalismo serio es compartido por una mayoría”; “una minoría [la alianza kirchnerotrotskista denunciada por el ministro de Educación] cree que cuanto peor, mejor, por eso hay que fortalecer al presidente”.
Fuera de micrófono, un titular de Economía de una provincia gobernada por un peronista afín a Macri dejaba saber: “Soy muy pesimista, esto termina muy mal, no hay forma de que lo frenen”; un trader arriesgaba que habrá helicóptero para Macri, como el que se llevó a Fernando de la Rúa en 2001, frase que dicha en boca de un piquetero le ocasionaría una denuncia judicial y, en la Argentina de hoy, una imputación por desestabilización. “¿Qué están haciendo?”, fue una pregunta no aislada este jueves en el Alvear.
Buenos Aires, 31 de agosto.
Las extensiones de campo en la Pampa Húmeda son acaso el único sector productivo que está registrando balances positivos en los últimos dos años, gracias a la combinación de la devaluación acelerada del peso y la baja de retenciones. Daniel Pelegrina, titular de la Sociedad Rural Argentina, agrupación tradicional de los mayores terratenientes, se permitía alguna crítica a la liberalización total de los mercados que incentivó la inversión financiera especulativa: “El rol del Estado es poner límites. Nos preocupa la inercia que toma la dinámica de los mercados, gente que entra y sale y hace diferencias enormes. La economía no debe ser abierta para los que no generan valor”.
Cuando zarpó hacia la reinserción en el mundo, en diciembre de 2015, el buque comandado por Macri tenía el éxito asegurado. Barack Obama y Donald Trump son en teoría muy distintos, pero a ambos los unió su voluntad de abrazar al presidente argentino. Se levantarían las molestas restricciones para la compra del dólar, lloverían las inversiones. El Foro de Davos se abriría de par en par a un presidente ejemplar. Gracias a un bajo endeudamiento heredado, una economía mediana como Argentina podría transformarse –como ocurrió– en la mayor emisora de bonos entre los mercados emergentes en 2016 y 2017. Más que China, el doble que México, el triple que Rusia. El ciclo populista había llegado a su fin y había que celebrarlo.
A pocos les regalaría tantos elogios el diario El País de Madrid como a Macri, a quien describió como un liberal compasivo, institucionalista, no dogmático, más atractivo que el insípido Mariano Rajoy. Las crecientes historias de represiones brutales a manos de la Policía y procesos federales contra manifestantes, algunos de los cuales padecieron semanas o meses en las cárceles, no motivó objeción en la prensa liberal europea.
Subido a ese caballo, Macri se embarulló las dos o tres veces que intentó decir “nunca más” al terrorismo de Estado. Mezcló conceptos, metió la pata, nunca lo dijo. En cambio, muchas más veces declaró el “nunca más” a que Argentina viviera “en la mentira del populismo”. Por sobre todos estos festejos, Clarín puso todo de sí para que ese “nunca más” se transformara en realidad.
Un callejón sin salida
El agua empezó a entrar a bordo mucho más de lo aconsejable y, en mayo, se hizo indisimulable. El Fondo Monetario Internacional (FMI) le había tenido una paciencia generosa al irritante alumno argentino que le endilgaba consecuencias funestas a sus pulcras recetas, pero Macri le devolvió el alma al cuerpo. De entrada, Christine Lagarde dejó claro que cuando la llamaran, ella acudiría. Y cuando la llamaron, en mayo, acudió.
Tras estudiar el caso argentino, el FMI impartió una original prescripción: drástico recorte del gasto público hasta una meta de 1,3% en 2019 y 0% en 2020, eliminación de los pocos subsidios que quedan, restricción de la emisión monetaria, prohibición de financiación al Tesoro por parte del Banco Central, inflación de 17% en 2019. El acuerdo récord con el FMI, por 50.000 millones de dólares, fue anunciado el 14 de junio.
En cuestión de semanas, la institución de Lagarde debió relajar metas. Hubo que archivar la supuesta prohibición de utilización del préstamo para contener al dólar y, en definitiva, financiar la fuga de divisas especulativas. La suba de la moneda estadounidense se aceleró y, con ello, la inflación. Al cabo de casi tres años, Macri supera con creces el promedio inflacionario de Cristina Fernández de Kirchner.
Marcos Peña, jefe de Gabinete de Ministros (izq.), y el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta (centro), en el Council of Americas.
En lo único en que el gobierno de Cambiemos y el FMI se pusieron firmes fue en la drástica reducción del gasto. Macri empezó por los subsidios, con lo que tarifas de gas y electricidad aumentaron 1.600% en tres años, y el transporte multiplicó su precio varias veces. Luego les tocó el turno a los salarios docentes y las jubilaciones, que crecieron unos 10 puntos por debajo de la inflación, pero ahora llegó la hora de lo que Carlos Menem (“el gran transformador”, calificaría el empresario Macri) llamó hace 30 años “cirugía mayor sin anestesia”: rebaja en jubilaciones y asignaciones universales para menores de 18 años, acuerdos de sueldos de docentes y estatales mucho más draconianos, recorte de planes sociales y de presupuestos educativos y de salud.
Estos experimentos son problemáticos en la Argentina, porque el grado de resistencia en las calles es persistente y alto. Una muestra fue el mismo jueves, en un anochecer frío y lluvioso, cuando una multitud de varias decenas de miles de personas protestó contra la oferta de aumento a los docentes universitarios de 15% en varias cuotas, mientras que la inflación anual de 2018 será de, como mínimo, 32%. Una semana antes, un acto similar había ocurrido en Córdoba.
La pesadilla de 2001 era, hasta hace no mucho, un fantasma mencionado por sectores de oposición cerrada; hoy se expresa en forma de desazón y miedo por sectores más amplios.
Argentina nunca se recuperó del trauma de ver las calles de sus principales ciudades transitadas por familias hurgando la basura. Esos carros, que nunca se fueron del todo durante el kirchnerismo, ganan presencia en forma acelerada.
El país comprueba, por si hiciera falta, que durante los años de Néstor y Cristina funcionó un sistema de corrupción con la obra pública, como mínimo, con la anuencia de los presidentes santacruceños. Unos oscuros cuadernos de un chofer con sello de Inteligencia, que un diario oficialista, La Nación, acercó a un juez vandálico, Claudio Bonadio, pueden tener bastante de verdad.
Al mismo tiempo, Mauricio Macri se comporta como lo que más fue en su vida: un empresario de la patria contratista antes que presidente, y se filtran pases de manos de empresas, paraísos fiscales, amnistías impositivas para su núcleo familiar y de amigos.
La caída es adrenalínica pero también triste.

lunes, 25 de febrero de 2019

"FORRO DE MIERDA, QUÉ TE PASA"


Una historia mínima de brutalidad policial

08 de agosto de 2018


Una historia mínima de brutalidad policial. Un episodio de violencia obscena perpetrada por quien se sabe impune, que no escaló todavía más porque preferí evitar secuelas físicas o pasar una noche en una comisaría. Ocurrió en el supermercado Coto de avenida Gaona y Fragata Sarmiento, pleno barrio de Caballito, el sábado pasado, a las 21. Antes de pagar, la cajera me pidió que le mostrara la mochila, a lo que accedí. Resultó ser una cajera haciendo mérito. Se estiró y apuntó con el dedito: “El cierre de atrás también”. “No, ya está. El contenido de la mochila forma parte de mi privacidad.” Una vez cada tanto, me animo a resistir una exigencia que violenta el derecho constitucional a la privacidad.
Leyes aparte, me molesta sentirme sospechado, que exijan a los cajeros una función degradante (por más que los menos parecen cumplir con gusto el microinstante cotidiano de calzarse la gorra) y que quien instala el sistema acusatorio sea un supermercado que engaña con promociones, aumenta precios abusivamente, evade y fuga.
No me niego con más frecuencia a que me revisen la mochila porque sé que hacerlo implica perder no menos de media hora en discusiones. Por sobre todo, me abruma comprobar que suele aparecer algún agente de seguridad privada –de esos precarizados, cuya tarea principal es juntar changuitos, responder preguntas y abrir puertas– que sale de su letargo y se ceba. Enseguida viene la acusación (“¿qué esconde?”) o el insulto, cuando no un amago de violencia.
En esta oportunidad, los de la vigilancia decidieron llamar a un policía de la Ciudad. El resultado, como también suele suceder, fue peor.
El policía no mostró un atisbo de considerar que el supermercado podía no tener razón (“Esto es propiedad privada y tiene que obedecer lo que dice el dueño”, “Usted dice cosas raras, por algún motivo no quiere mostrar la mochila”). Sorpresa: un policía estatal que en un lugar semipúblico cumple órdenes emanadas de un tal Coto que contradicen un derecho constitucional.
Hasta aquí, una discusión menor. La policía se vale de un fallo reciente del Superior Tribunal de Justicia de la Ciudad que habilitó a los agentes a exigir la apertura de mochilas y exhibición de documentos con motivos imprecisos. Nuestros jueces –entre ellos, la candidata del Gobierno para la Procuración General– saben bien a quién le sueltan la rienda.
El agente Sosa me ordenó que me quedara en el lugar mientras llamaba a un patrullero, que llegó a los cinco minutos. Se bajaron tres hombres. El más altanero y –se vería en minutos– descontrolado era un oficial que se identificó como Caraballo.
El jefe de la patrulla me informó que harían una requisa con dos testigos. Uno de ellos era un policía de civil que trabaja para Coto y había intentado apurarme en un primer momento; la otra, una empleada del supermercado.
Me limité a decirles que me amparaba un derecho y que ellos debían explicarme el motivo de la detención y requisa. Caraballo respondía con el autoritarismo habitual, aunque sin insultos ni amenazas. Me exigió el documento y copió mis datos.
Intenté filmar con el celular y Caraballo salió de sí.
–Bajá la cámara.
–Necesito protegerme, no sé por qué estoy retenido.
Se vino encima, cara a cara como quien invita a pelear, y pegó un golpe a mi celular, que voló por el aire.
“Forro de mierda, qué te pasa”, comenzó a gritar desaforado. “Forro de mierda”, repetía. Una mínima reacción de mi parte habría desatado una escena en la que Caraballo no habría salido perdiendo.
Recogí las partes del celular esparcidas por el piso. Pregunté por una autoridad, y el oficial respondió con una sonrisa: “Lamentablemente, la autoridad soy yo”.
El hecho ocurrió en la esquina de Fragata Sarmiento y Gaona, dentro del predio del supermercado Coto.
Digresión. A ocho cuadras de esa sucursal, en Paysandú al 1800, se encuentra otra de la misma marca. Se descubrió hace dos años que Alfredo Coto almacenaba en el subsuelo más de 200 granadas, un lanzagranadas con numeración limada, proyectiles de gases lacrimógenos, 27 armas de fuego, gas pimienta y un silenciador, entre otras honestas pertenencias. La causa abierta duerme en Comodoro Py. Podríamos hablar del blanqueo por 466 millones de dólares, pero todos conocemos a Coto.
Volvamos a la escena del delito. Una vez que comprobaron que en la mochila sólo llevaba ropa para nadar, tres efectivos partieron en el patrullero. Quedó Sosa, envalentonado por lo que había hecho su jefe: “Rajá de acá”.
No importa si alguien piensa que no vale la pena pasar un momento así por no obedecer algo que demora dos segundos, como mostrar una mochila. De hecho, casi siempre pienso que no vale la pena. Tampoco importa si ese alguien cree que los tiempos cambiaron y la policía puede requisar a su antojo.
La gravedad del episodio es que deja a las claras que un jefe policial está dispuesto a actuar como un energúmeno ante cuatro subordinados en un espacio público.
El riesgo de la brutalidad policial es tan antiguo como la civilización. Evitar el tránsito que va desde un agente del orden a un matón depende por sobre todo de un sistema de controles y de autoridades que no premien la ilegalidad. Si ejecutar por la espalda a un ladrón merece la felicitación presidencial, qué queda para delitos más suaves como amedrentar a una persona que pide que sea respetado un derecho.
Me fui con el sabor amargo y el celular roto, pero todos sabemos que la historia hubiera sido muy distinta si quien se resistía a mostrar la mochila era un adolescente con gorrita en el Gran Buenos Aires. A veces, el final es atroz.


LA RAZÓN DE LOS SILENCIOS DE LAURA ALONSO


Nuevos datos revelan por qué debió maquillar su vínculo con una consultora satelital del PRO que no podía ser contratada por el Estado. Su esperanza en los vínculos de Angelici en Comodoro Py.

Por Sebastián Lacunza
Letra P
22/07/2018


Laura Alonso se quitó la palabra. Un cúmulo de irregularidades para contratar a una consultora que orbita en el Pro y de maniobras de baja política para ocultarlas colocaron a la titular de la Oficina Anticorrupción ante una opción inconveniente: si habla, se incrimina; si calla, incumple sus deberes básicos como secretaria de Ética Pública, Transparencia y Lucha contra la Corrupción.
Para eludir la encerrona, Alonso apuesta a jugar en dos campos en los que se siente más cómoda. Por un lado, deja saber que romperá silencio ante el juez federal Sebastián Casanello y el fiscal Carlos Stornelli, quienes recibieron una denuncia del abogado Leonardo Martínez Herrero por la contratación irregular de la consultora de prensa y lobby Consuasor. A la espera de la oportunidad de ser oída en Comodoro Py, la responsable de Ética Pública tuitea sobre fake news, trending topic del que se declara víctima. Se desconoce si la estrategia de Alonso fue concertada con Consuasor, aunque hay indicios para suponerlo.
Mientras tanto, salen a la luz los motivos por los cuales Alonso prefirió, al menos desde comienzos de 2017, extender contratos personales a los dueños de Consuasor y no la firma en sí, pese a que personal de la consultora predilecta del PRO trabajaba para su oficina sin estar registrado para el Estado.
INADMISIBLE. En enero pasado, el Ministerio de la Producción lanzó una licitación para un servicio de asesoramiento comunicacional, a la que se presentó Consuasor SRL, la razón social conformada en diciembre de 2015, en coincidencia con la asunción de Mauricio Macri en la Presidencia.
Al momento de la convocatoria, ya había publicado que al menos media docena de dependencias estatales -Oficina Anticorrupción, Senado, Gobierno de Salta; ministerios de Trabajo, Medio Ambiente y Defensa- habían disimulado los pagos a Consuasor vía contratos con los dueños de la consultora, Facundo Sosa Liprandi y Alejandro Giúidice (el tercer fundador se había separado de la firma cuando pasó a formar parte del Gobierno, en 2015).
Federico Falcone, Jonatan Luis y Florencia Castro, asesores del Ministerio de Producción cuando lo conducía Francisco Cabrer dictaminaron el 17 de abril que la participación de Consuasor en la licitación resultaba “inadmisible” por dos motivos cruciales: registraba deuda exigible con el Estado y ni siquiera había completado el trámite de inscripción en el registro de contrataciones consecuencia, los funcionarios de Producción evaluaron que la oferta de Consuasor era “imposible” de analizar. En cambio, el mismo texto aconsejó admitir al otro oferente, Urban/ UP Comunicación.
Es decir, Consuasor no estaba en condiciones de ser contratada por un organismo público, por lo que Alonso, el ministro de Trabajo Jorge Triaca, el senador nacional Federico Pinedo y otros funcionarios optaron por pagos personales a Sosa Liprandi y Giúdice. En el caso de la OA, por lo menos 82.500 pesos mensuales en 2018, con proyección anual de 990.000, según información oficial en poder de este medio.
NADA FUE UN ERROR. Alonso difícilmente podría negar que el servicio era prestado por la consultora y no sólo por sus dueños dado que hay pruebas que demuestran lo contrario. La jefa de Anticorrupción tampoco podría soltarles la mano a los contratados.
La funcionaria trató de ocultar durante meses el vínculo con Sosa Liprandi -quien tuvo un paso por el último PAMI kirchnerista d donde, con anuencia de su titular Luciano Di Césare, trabajó para la victoria del PRO- mediante diferentes artilugios. Consultada atrás para esta nota sobre cuándo se interrumpió exactamente el vínculo laboral de la Oficina Anticorrupción con los dueños de Consuasor, la secretaria de Ética informó que no respondería y que lo haría en la causa judicial en el fuero federal.
Es probable que la jefa de la OA no esté al tanto de que su obligación republicana de transparencia incluye informar con buena cómo maneja el presupuesto. Ante ello, Letra P requirió -mediante un nuevo pedido de información- saber además cuál fue la vía de llegada de Consuasor. Los socios de la consultora tenían vínculo histórico con el PRO pero, aun así, dos fuentes indican que, en caso de Alonso, la contratación no obedeció a una relación personal sino a indicaciones de jefes políticos.
La obediencia partidaria dispara otra incompatibilidad. Por ejemplo, Alonso debería investigar si su colega en el gabinete, Triaca hizo nombrar en un puesto estatal a la empleada a la que maltrataba y empleaba en negro, Sandra Heredia, así como a decenas ñoquis, pero a enero pasado, cuando se conoció el caso, Sosa Liprandi se sentaba a la mesa chica de ambos. Con la funcionaría coordinaba cómo decir que investigaría el escándalo: con el ministro articulaba la estrategia para aplanarlo.
LA ÓRBITA DEL TANO. El fiscal federal que debería impulsar la denuncia por negociaciones incompatibles con la función pública malversación de caudales es el ex secretario de Seguridad de Boca Juniors Stornelli, quien -según Elisa Carrió- conversa sus decisiones con el lobista gubernamental Daniel Angelici.
Laura Alonso debe en gran medida al titular del club de la Ribera su comentado salto hace una década desde Poder Ciudadano lugares expectantes en las listas del PRO. El mundo de las ONG fue una importante salida laboral para muchos miembros de los que quedaron huérfanos en las décadas del 90 y 2000, y unos cuantos reingresaron a la función pública de la mano de los gobiernos de Macri en la Ciudad y en la Nación.
En ese tránsito, para algunos resultó fundamental el padrinazgo de Angelici, armador del brazo UCR-PRO. Alonso y su pareja, Ernesto Ochoa -mano derecha del “Tano”-, son claros exponente de esa vertiente.
Con las fichas puestas en el tejido de Angelici en Comodoro Py, Alonso espera el destino de una causa que ni siquiera fue abierta.
Además de celebrar una gracia repugnante de un troll sobre el cadáver de Santiago Maldonado, Alonso se manifestó esta semana sorprendida por “cómo opera la bola de fake news”. Le pareció “maravillosa” una descripción de Carlos Pagni sobre operaciones entre servicios de inteligencia y “usurpadores del título medios y periodistas”, a quienes no identificó. Insistió sobre los “truchimedios” dedicados a “calumniar, difamar, engañar y mentir escudados en la libertad de expresión esparciendo basura con malicia”, y bloqueó a Florencia Moroni, a quien calificó de “truchitroll” luego de que le preguntara por el estado de la investigación la supuesta financiación ilegal del PRO.
La fiscal anticorrupción gugleó fake news y halló un breve artículo publicado en febrero en el Washinton Post sobre cómo usinas esparcen información falsa con alguna apariencia verosímil.
Tiempo después de esa nota, se supo que la consultora de Cambridge Analytica fue artífice de campañas sucias en redes sociales contra Hillary Clinton y en favor de Donald Trump. Indagado en junio en el seno del parlamento británico, el ex CEO de Cambridge Analytica, Alexander Nix admitió que su usina de fake news trabajó también en la Argentina durante el 2015, en una campaña para promover el cambio político. Buen tema para que investigue la Oficina Anticorrupción.

PANORAMA DE LOS MEDIOS PERIODÍSTICOS EN ARGENTINA


2 de julio de 2018 | Escribe: Sebastián Lacunza  

El gobierno despide a 40% de la agencia Télam en la misma semana en que aprueba la fusión de Clarín con Telecom.
Bajo la consigna "hoy ganó el periodismo", el gobierno de Mauricio Macri anunció el martes el despido de 354 trabajadores de prensa de Télam, lo que representa el 40% del personal de la agencia estatal de noticias, una de las dos estructuras informativas más importantes de Argentina.
El viernes, 72 horas más tarde, la Comisión de Defensa de la Competencia, dependiente del Poder Ejecutivo, terminó de aprobar la fusión entre Cablevisión –el sistema de televisión paga e internet de Clarín– con la telefónica Telecom. Esa unión ya funcionaba de hecho hace años, porque Clarín es inmune a los tiempos burocráticos. Quedó confirmado así lo que el docente universitario Martín Becerra califica como la mayor concentración de las comunicaciones de la historia de América Latina. El gigante exhibe presencia y, a veces, dominio en todos los rubros de medios (prensa, internet, radio y televisión), productoras, televisión paga, telefonía celular, básica y banda ancha. Mucho más que lo que Globo tiene en Brasil y Televisa en México.
En diálogo con Jorge Lanata por Radio Mitre (de Clarín) –vehículo habitual de los funcionarios del gobierno de Macri–, Hernán Lombardi, secretario de Medios Públicos y responsable de la decisión, explicó el motivo de los despidos en Télam: “los lobos se disfrazan de corderos”, “confundieron periodismo con propaganda política”. Lombardi anunció “una nueva Télam, plural y profesional”.
Como consecuencia de la decisión, al menos cinco provincias (Chaco, Formosa, Catamarca, Misiones y Río Negro) quedarían sin ningún tipo de cobertura periodística en la agencia pública, y otras delegaciones y acreditaciones en lugares claves se verían reducidas a la mínima expresión. De las cinco corresponsalías internacionales (San Pablo, Roma, Barcelona, Londres y Santiago), una está en riesgo.
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Los telegramas de despido siguen llegando. En el edificio de Télam, estrenado hace cuatro años a tres cuadras de la Casa Rosada y hoy ocupado por los trabajadores, las protestas se mezclan con abrazos, llantos y los partidos del Mundial en las pantallas.
El estupor llega a todas las redacciones. Desde 2016, los puestos laborales perdidos en medios argentinos fueron miles, y los medios cerrados, decenas.
La tormenta es devastadora y parece perfecta: una agresiva política oficial a favor de la concentración, la fuga y el desmanejo por parte de empresarios vinculados al kirchnerismo y de otros signos, la crisis económica general y el cambio tecnológico a la era digital, que viene poniendo en jaque las fuentes de financiamiento tradicionales.
Sólo la semana pasada, a los 354 despidos en Télam se sumaron 38 en Radio del Plata –uno de los pocos espacios críticos del gobierno–, que comenzó a crujir no bien terminó el mandato de Cristina Fernández de Kirchner.
A su vez, todo indica que lo ocurrido en Télam sería un prolegómeno para Radio Nacional y Canal 7, las otras dos grandes estructuras de medios públicos, con cerca de 1.000 empleados cada una. Acaso la transmisión del Mundial postergó el proceso.
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La gestión de la agencia Télam en manos del gobierno de Macri incorporó en dos años a 50 personas, la mitad de ellas en puestos jerárquicos –contabilizó el sindicato–, sobre los más de 900 empleados que había en el staff en 2015. El siguiente ejemplo es ilustrativo del criterio de conducción y del estado de la pluralidad informativa en Argentina.
Octubre de 2015: primera vuelta de las elecciones presidenciales. Macri queda bien posicionado para ganar el balotaje. Los hermanos y ex socios del entonces candidato, Gianfranco y Mariano, titulares de offshoresinscriptas en Panamá y Uruguay, hacen movimientos en cuentas radicadas en el UBS Deutschland que despiertan alertas en la Fiscalía de Hamburgo. Actúan con precipitación. Sus apoderados, los uruguayos Santiago Lussich Torrendell y Rodrigo y Santiago Lussich Rachetti, ordenan al banco transferir todos los fondos y destruir la documentación respaldatoria. La Fiscalía de Hamburgo remite la documentación un año más tarde a la procuraduría argentina especializada en lavado de activos, que hace una denuncia en un juzgado federal. La noticia, difundida inicialmente por el diario La Nación, tiene pocas repercusiones periodísticas.
Agosto de 2017: Horacio Verbitsky publica en Página 12 la nota titulada “Gianfrancamente hablando”, en la que da cuenta de que Gianfranco Macri y otros del entorno más próximo al presidente se adhirieron al blanqueo de capitales por un monto de 35 millones de dólares. Entre gallos y medianoche, contra lo dispuesto por el Congreso, la Casa Rosada habilitó a familiares de funcionarios a beneficiarse de la amnistía fiscal.
Con 20 palabras, Macri responde una única pregunta al respecto: “Que mi hermano haya blanqueado es un derecho que le daba la ley, y lo hizo dentro de la ley”. No volverá a mencionar el tema.
Tras 30 años como columnista principal, Verbitsky deja de escribir en Página 12.
Junio de 2018: periodistas que integran el consorcio Panamá Papers revelan en La NaciónInfobae y Perfil que Gianfranco Macri blanqueó cuatro millones de dólares y que el origen de esos fondos es la offshore BF Corporation, titular de la cuenta en el UBS que llamó la atención de los fiscales alemanes. Los documentos también exponen cómo el estudio Lussich Torrendell presionó a sus pares panameños de Mossack Fonseca para que falsificaran un certificado que eximía a Mauricio Macri de responsabilidades en otra offshore. Acaso porque el frente económico es acuciante, el presidente no responde una palabra sobre esta nueva revelación. Entre sus entrevistadores habituales, ninguno le hace referencia al tema.
De toda esta cadena (la Fiscalía de Hamburgo, el blanqueo de Gianfranco y la revelación del origen de los fondos), la agencia oficial Télam, bajo la conducción del macrismo, no publicó una línea.
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A partir de estas bases nace la agencia “plural y profesional”, con 60% de su personal, si es que las medidas de fuerza no logran revertir la decisión.
Con los medios públicos en desbandada y marginados por la audiencia (Radio Nacional redujo su audiencia a un octavo desde 2015 y Canal 7, a la mitad), el mapa periodístico argentino tiene a un protagonista excluyente en Clarín y, en un lejano segundo puesto, a Vila-Manzano (similar formato de medios de Clarín), un grupo empresario de buen vínculo con el gobierno, aunque menos predecible.
Siempre imperante en el mercado local, Clarín, fusionado con Telecom, juega ahora en las grandes ligas internacionales. Fronteras adentro de Argentina, Netflix, Prisa, Fox, Televisa, Claro, Turner y Telefónica saben quién es el dueño de la pelota, y le temen. Clarín-Telecom abarcan 40% de la TV paga, 34% de la telefonía móvil, 42% de la telefonía básica y 56% de las conexiones a internet, según un informe de Becerra, aunque ahora deberá ceder una parte marginal de su negocio de banda ancha.
La Nación, la red radial cordobesa Cadena 3, Viacom (Telefe), Infobae y Perfil completan el panorama del mainstream argentino de medios, que van desde un alto grado de afinidad con el macrismo (La Nación, Cadena 3) a uno bajo (Perfil).
Comparaciones de Macri con Nelson Mandela, agradecimientos a la “valentía” de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal (“te queremos mucho, confiamos en vos”), e idolatría de la estrella económica encargada de multiplicar la deuda externa, el presidente del Banco Central, Luis Caputo (“Macri encontró a su Messi”), se suceden en el prime time televisivo. De Susana Giménez a Jorge Lanata, de Mirtha Legrand a los Leuco. Nunca falta un panelista que reduzca todo indicio de crítica al gobierno de Macri a una anécdota, porque “los K se robaron todo”.
En la vereda abiertamente crítica hacia Macri, se vislumbran el multimedios en torno a Página 12 (AM 750, del sindicato de encargados de edificios), la cooperativa Tiempo Argentino, la web El Destape, Radio del Plata y una decena de medios comunitarios y alternativos. Las empresas periodísticas de Cristóbal López y Fabián de Sousa, hoy detenidos acusados de fraude por una evasión millonaria, otrora amigos y clientes de los Kirchner, alternan oficialismo y oposición.
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Un veterano periodista de Télam con responsabilidad sobre unos cuantos cronistas analiza ante la diaria: “El criterio que ellos mismos [el gobierno] dicen haber utilizado para los despidos no cuadra por ningún lado. Si lo cruzás por ingresantes durante el kirchnerismo, donde hay muy buenos periodistas y de los otros, no da, porque hay despedidos de las décadas anteriores; y si lo cruzás por el objetivo de echar a quienes ellos entienden como revoltosos, tampoco da, porque algunos tienen padrinos en este gobierno”. La fuente repasa ejemplos de áreas desmanteladas que hacían buenas coberturas. “En Télam hay impresentables de las diferentes camadas, pero tampoco parece haber sido el criterio”.
Los 50 ingresantes durante el macrismo permanecen en sus puestos.
Mariano Suárez, delegado de la comisión sindical, agrega para la diariaque “el discurso de que despidieron a quienes ingresaron durante el kirchnerismo no tiene correlato empírico”.
Subyace un motivo que los funcionarios del gobierno admiten ante la más mínima repregunta. Se impone el recorte de personal estatal para llegar a la meta comprometida con el Fondo Monetario Internacional de alcanzar 2,7% del déficit fiscal este año y 1,3% en 2019.
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Así como Télam bajo Macri no informa sobre los negocios offshore del oficialismo, Télam bajo Cristina Fernández de Kirchner no daba cuenta de denuncias de corrupción fundadas y, por el contrario, prestaba mucha más atención a las desmentidas del ministro de la obra pública Julio de Vido (hoy detenido). Si existiera una medida para el partidismo, durante el kirchnerismo la agencia marcaría unos pocos puntos más que bajo el macrismo.
Télam es una escuela de periodismo, cuenta con profesionales que son de los más reconocidos en su área y, sin embargo, el servicio no brilla. La cantidad de personal en la agencia pública es apenas inferior a la de la alemana DPA y la española Efe, con la diferencia de que las europeas cubren buena parte del mundo.
Suárez añade que el salto desde los 650 puestos históricos hasta los 850 actuales obedece a que la agencia desarrolló en los últimos años servicios audiovisuales, radiales y digitales.
Al sesgo del partido que gobierna se suma la disparidad en la calidad. No son pocos los cables diarios mal redactados, con fuentes pobres e inexactitudes. El servicio federal que debería prestar está lejos del ideal. Las críticas a la calidad informativa son compartidas incluso por muchos de quienes hoy denuncian el vaciamiento de la agencia.
“En los primeros meses de la gestión de Cambiemos hubo mayor apertura informativa, pero progresivamente fueron ajustando la cuerda, una secuencia que vimos en todos los gobiernos. Cuando hay menos margen por un declive en la opinión pública, hay más control editorial”, reflexiona Suárez.
El interés por bloquear determinados contenidos, “una posición defensiva y conservadora para no recibir reproches de los funcionarios”, lleva a desatender la producción informativa en áreas no conflictivas y, con ello, decae todo el servicio. “Sin una preocupación por una línea estilística clara, pasamos a depender del editor de turno, y ello lleva a una previsible disparidad”, dice Suárez.
Télam tiene problemas, pero también tradición y una función estratégica. El kirchnerismo potenció los medios públicos con apertura de secciones, medios tecnológicos y coberturas ambiciosas, pero su uso partidista terminó por socavar la apuesta. Llegó el macrismo con referencias discursivas constantes al modelo de la BBC. Tras dos años de gestión, el rumbo apunta hacia el modelo de países latinoamericanos con medios públicos marginales, sin recursos ni audiencia.


DE LOS "JUDÍOS BANQUEROS" A LOS "NEGROS DE MIERDA"


Los mensajes de odio transitan el discurso público, pero no todos generan similares reacciones.
Por Sebastián Lacunza
18/05/2018 20:02

Un discurso antisemita camuflado en un nacionalismo de tono marcial no es nuevo en los medios de comunicación de la Argentina. El hecho de que se difundiera en un horario central de un canal de noticias de creciente audiencia y fuera acompañado por una catarata de agravios machistas vía Twitter puso a su autor en el ojo de las críticas y fuera de aire. No es lo mismo la Revista Cabildo o un programa de cable y helecho en el siglo XX que Crónica TV en el XXI. Un motivo para celebrar: existen resortes en la sociedad que tornan intolerable la presencia de ramplonas proclamas antijudías en el mainstream de los medios.
Veamos la siguiente diatriba: “Vas a la playa, ves todos estos judíos y te agarrás hongos, son sucios”. “Aparecen los judíos hijos de puta y te afanan en la carpa, te ocupan la casa”. “En Mar del Plata, los judíos van de la mano, son 28, porque cogen, cogen, cogen todo el día; máquinas de hacer pibes, todos horribles, parecen garrafas”. “La peatonal de Mar del Plata parece la India, llena de vacas, una mierda llena de judíos”.  “Los judíos se parecen todos, llegan en camiones”.
Los agravios citados no fueron proferidos en Crónica TV esta semana sino en Radio 10 hace un año. Tampoco son textuales, porque donde dice la palabra “judío” debe leerse “negro”. Y tampoco fueron un arranque esporádico, porque se repitieron durante todo el año, sin pausa. A diferencia del episodio Cúneo, no tuvieron ninguna repercusión.
El discurso antisemita, que abrevó en el aberrante cliché de los judíos banqueros, tocó un saludable límite y generó una reacción; el discurso antimorochos, que tiene su correlato en el odio contra feministas, inmigrantes de países limítrofes e izquierdistas, por el contrario, fue premiado con un pase al horario central de la segunda mañana. 
Como la profesora nazi de convivencia cívica en Castelar o la vedette que se solaza al decir que Florencia de la V es “un tipo, tiene pito”, los portadores de mensajes de odio toman atajos para explicarse. Así, el nacionalista de Crónica TV explicará que defiende la libertad individual tras haber confundido una religión o una cultura (la judía) con un país (Israel) o una institución (la DAIA). Como bien dijo el usuario @vercingetornix en Twitter: “Hay dos grandes grupos de personas que confunden deliberadamente el judaísmo y el Estado de Israel: los que quieren atacar al judaísmo y los que quieren defender a Netanyahu”.
También el agraciado turista de Mar del Plata cuenta en Radio 10 que suele referirse a los negros “de mente”, no a la clase social ni al color de piel. Que “se puede vivir en Nordelta y ser negro”.
En el país que vivió, en enero de 1919, un pogromo de los más graves de los que haya registro en América Latina, la deriva antisemita encuentra vertientes. Para ser justos, Argentina es también el hogar de una de las comunidades judías más numerosas y diversas, y menos segregadas del mundo.
Entonces, el antisemitismo se camufla, se retira por un rato, se secretea en el club house del country, se expresa en alguna clase de colegios católicos, cobra impulso en la comisaría y se canta contra la hinchada de Atlanta.
“Se va a acabar, se va a acabar, la sinagoga radical”, entonó la multitud en algún acto antialfonsinista ayer nomás. Algunos dirigentes concibieron el ataque a la AMIA como un ataque a Israel, y otro personaje lamentó que en la mutual judía muriera gente que “no tenía nada que ver, simplemente pasaba por ahí”.
El discurso antimorochos, que tiene su correlato en el odio contra feministas, inmigrantes de países limítrofes e izquierdistas, por el contrario, fue premiado con un pase al horario central de la segunda mañana.
El discurso racista contra quienes tienen alguna ascendencia indígena campea a otro nivel. Pocos bajan la voz en el colectivo para agraviar a un morocho. La radio premia ese desprecio porque el rating acompaña. Se escucha al pasar “cosa de negros” por el dial, sea en boca del militante racista o del conductor que cuenta anécdotas con sus oyentes. Se canta ya no contra la hinchada de Atlanta sino contra la de Boca.Los agravios contra paraguayos ladrones por naturaleza y peruanos que se atienden en hospitales públicos se instalan en el discurso político y periodístico. Sus autores, que no dan puntada sin hilo, entienden que aportan votos o audiencia.
DEL DICHO AL HECHO. Acaso alguien que haya presenciado uno de esos espantosos intentos de linchamiento contra un supuesto ladrón adolescente sabrá que lo primero que surge de la turba es “negro de mierda” (o “negro culiao” si la turba es cordobesa). Se sabe: el gatillo fácil tiene por blanco preferido a pibes pobres, con visera y de tez morena.
Se trata de dar lugar a las palabras donde hay silencio, temor y sojuzgamiento. Dos ejemplos. La militancia feminista viene haciendo un trabajo persistente y esclarecedor para iluminar el discurso machista que nos transita a veces solapada y otras groseramente, así como la lucha por la diversidad de género alcanzó resultados épicos desde tiempos recientes en que edictos policiales penaban la sodomía.
No hay discriminación más efectiva que aquella que se torna invisible. Por esos artilugios de las sociedades, la discriminación contra “los negros de mierda” nos suele pasar inadvertida.

Wiki Media Leaks

Wiki Media Leaks
La relación entre medios y gobiernos de América Latina bajo el prisma de los cables de WikiLeaks. Ediciones B. Buenos Aires, 2012

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