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La alternativa "progresista" en CABA

El Pro enfrenta una oposición improvisada pero puede quedar con las manos vacías de buenas a primeras




By 
Sebastián Lacunza 
Editor-in-Chief
@sebalacunza     
Los discursos de Mariano Recalde y de Martín Lousteau, a la cabeza de una coalición diagramada sobre las bases de la UCR y sus escisiones, mostró unas cuantas coincidencias desde las primarias de abril. Ambos apuntaron contra la gestión del conservador Mauricio Macri por su supuesta falta de sensibilidad social y por el déficit de reformas estructurales en una ciudad a la que muchos ven como la gran capital latinoamericana. Buenos Aires es la ciudad de los encantadores cafetines y las esquinas pintorescas, y la del diez por ciento de su población viviendo en villas de emergencia no lejos del Obelisco; la ciudad de las 150 ofertas teatrales por fin de semana y la del subte asfixiante. Así, la alusión de Cristina Fernández de Kirchner de esta semana a una gestión basada sobre “globos y chamuyo” fue acorde al tono de los cuestionamientos contra el PRO tanto de Recalde como de Lousteau.
Los dos principales candidatos opositores se atribuyen la representación del centroizquierda. Buenos Aires tiene una tradición en ese nicho, que hoy exhibe fragmentos que parecen irreconciliables. Mientras Recalde complementa el apoyo progresista con el tradicional voto peronista que abreva en barrios de clase media baja y las villas miseria, el postulante de ECO cosecha también en la antigua tradición radical de la clase media porteña.
Es probable que los principales candidatos opositores tengan cierta razón en su despertar centroizquierdista. La Capital Federal exhibe indicadores sociales y niveles de ingreso del oeste europeo en barrios del norte y el centro, que contrastan con mortalidad infantil y márgenes de pobreza equiparables a los de las provincias del Norte argentino en Barracas, Pompeya, Lugano y Villa Soldati. El subte se quedó estancado en la estación del PRO y el lugar de la educación en el presupuesto global retrocedió mientras que el de la publicidad oficial pegó una estampida similar a la propaganda del gobierno nacional.
Y sin embargo, el argumento frente a esas críticas del candidato de Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, también parece razonable. En resumidas cuentas, si los ocho años de gestión del PRO fueron tan discretos, cómo se explica que en las elecciones para consagrar el Ejecutivo su partido no baje de 45 por ciento del los votos, con márgenes de aprobación aún mayores. Será que el archipromocionado (y también muy utilizado) Metrobús y la peatonalización del centro son activos que no muchos pueden mostrar, en especial los partidos que apoyan a sus rivales.
La clave de la respuesta por la que Larreta, Recalde y Lousteau parecen tener razón debe encontrarse no sólo en el contraste con la gestión de lo que puede denominarse “progresismo” antes de la llegada del PRO al gobierno porteño, sino también en la calidad del papel de la oposición.
El primer gobierno electo de la Ciudad, en 1996, recayó en el radical conservador Fernando de la Rúa, cuyo partido hoy es el eje de la alianza de Lousteau. Muchos porteños pudieron haber visto su gris gestión como un anticipo de lo que vendría, pero lejos de ello, promovieron su acceso a la Casa Rosada, dando lugar a una experiencia que terminó en el colapso de 2001. En 1999, el centroizquierdista Aníbal Ibarra comenzó otra gestión gris que terminó en otro colapso, en este caso político, originado en el incendio del boliche República Cromagnon y 194 muertes. Si se tiene en cuenta que los grandes y enigmáticos presupuestos de la Ciudad — y unos cuantos de sus traumas — recorren todas las gestiones de los últimos 25 años, incluyendo el festival de la corrupción menemista, se entiende porqué nadie parece conmoverse demasiado por los cuestionamientos a las peores falencias del PRO. El subte, uno de los más incómodos y limitados del mundo, está en manos de Metrovías desde entonces; la recolección de basura es una canaleta misteriosa del dinero público y gran parte de la costanera privatizada permanece en las manos de siempre.
Mientras el PRO demostró paciencia para forjar el partido de centroderecha más sólido de la historia de la democracia argentina, al punto de que por primera vez se presenta un candidato presidencial de ese signo con posibilidades de, al menos, dar pelea, el kirchnerismo y el bloque afín al votante de la UCR saca de la galera a su postulante para la Ciudad un par de meses antes del cierre de listas. En el medio, la oposición cumple un pobre papel en la Legislatura, de complicidades temporarias más que de control de gestión. Si hoy quedan fuera de carrera Recalde y Lousteau, nadie debería apostar a que se ocuparán de ejercer el lugar de jefe de la oposición a Larreta. Más bien, cabe apostar a que pronto encaminarán su futuro político en algo que les resultará más interesante. El kirchnerista, por lo pronto, podrá seguir al frente de Aerolíneas Argentinas, mientras que el segundo deberá pensar cómo se reubica en la alianza nacional Cambiemos que lideran Macri, Elisa Carrió y Ernesto Sanz, y la rueda volverá a empezar.
Así y todo, Macri hoy contiene la respiración. Se la jugó por Larreta, su mano derecha ejecutiva, por sobre la más carismática pero menos sólida Gabriela Michetti. Pasó la prueba de las primarias. Hoy llega la hora de la verdad. Todo indica que la apuesta del PRO en Córdoba, que forjó una alianza con la UCR y el unipersonalista Luis Juez, fue fallida. Si esta amarga noticia llega junto con un balotaje entre Larreta y Lousteau con el primero cerca del cuarenta por ciento de los votos, el PRO se puede quedar sin nada de buenas a primeras, a sólo un mes de las primarias nacionales.

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