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Santiago Carrillo, nexo entre la vieja y la nueva España

Santiago Carrillo pasa en abril de 2010 frente a un cartel con la tapa de su libro «Los viejos camaradas». El exsecretario general de PCE se mantuvo en actividad hasta hace pocos meses. Tenía 97 años.

Escribe
Sebastián Lacunza

La transición democrática española obedeció a una muerte, la de Francisco Franco, y a un proceso social, económico y político que marcó el agotamiento de «38 hermosos años», como dijera José Sacristán en «Solos en la madrugada». Ya en la superficie, la salida quirúrgica de la dictadura requirió del instinto de supervivencia de tres cirujanos. Dos de ellos están con vida: el rey Juan Carlos y el expresidente de Gobierno, Adolfo Suárez, quien padece alzheimer. El tercero, Santiago Carrillo, falleció ayer en Madrid, a sus 97 años.

El periodista Javier Cercasradiografió paso a paso el tránsito de estos hombres en el notable libro «Anatomía de un instante». En particular, posó la mirada en un hito en el que la democracia española se debatió a todo o nada, cuando el 23 de febrero de 1981, el teniente coronel de la Guardia CivilAntonio Tejero encabezó un golpe de Estado. Tejero irrumpió en plena sesión del Congreso y ordenó a todos los presentes ponerse de rodillas. Sólo dos hombres no lo obedecieron. Uno fue Suárez, emergente mimado del franquismo reconvertido en un demócrata pragmático, quien esa misma tarde, más aislado que nunca, dejaría de ser jefe de Gobierno de España. El otro fue el exencargado de Orden Público del Gobierno republicano de Madrid desde 1936 y entonces diputado y secretario general del legalizado Partido Comunista (PCE), Carrillo. Para ese entonces, ambos dirigentes, que resistieron sentados mientras zumbaban las balas de Tejero y sus hombres, ya se habían transformado en dos eximios ajedrecistas. Jugadores que, según se desprende del texto de Cercas, se guiñaban el ojo cada vez que movían una pieza, al tiempo que trataban de contener, uno, a los nostálgicos del Generalísimo, y el otro, a los comunistas y a las familias que reclamaban justicia por centenares de miles de víctimas de cuatro décadas de dictadura.

Ese instante dramático de 1981 no les valió el pedestal ni a Carrillo ni a Suárez. Ambos entraron en un ocaso irreversible para dar paso a otros protagonistas y, recién después de haber dejado los cargos partidarios, fueron puestos en la categoría de próceres por el sistema político español, con toda la dosis de olvido y arbitrariedad que tal honra suele suponer.

Paradójicamente o no, del mencionado terceto de protagonistas de la transición, quien salió mejor parado fue Juan Carlos I, en cuyo nombre dijeron actuar varios de los golpistas de Tejero. Dice la crónica que el rey dudó, leyó la correlación de fuerzas y, avanzada la madrugada, se jugó por la democracia, lo que desempató una noche tensa. Desde entonces, el monarca dejó de ser un invento de Franco para pasar a ser un garante de la nueva España.

Atrás había quedado el famoso Pacto de La Moncloa, magnus opum pergeñada por Suárez, Carrillo y Juan Carlos I. Un acuerdo de convivencia elogiado hasta el hartazgo, muchas veces en forma acrítica, y que incluyó un capítulo que todavía atormenta el inconsciente colectivo de España: la amplia amnistía, que incluyó a los crímenes de lesa humanidad del franquismo, pero también a todos los cargos que pesaban sobre el bando derrotado.

Carrillo fue un defensor a ultranza del traumático perdón y también el artífice de que el PCE reconociera la monarquía constitucional, cuando la institucionalidad estaba todavía plagada de hombres del régimen dictatorial. A fines de los 70, las heridas estaban abiertas y las provocaciones circulaban por doquier, por lo que su habilidad como político, reconocida aun por sus críticos, resultó esencial para dar cauce al modelo de transición.

Dada su extraordinaria longevidad, la figura de Carrillo (Gijón, 1915) da testimonio no sólo del epílogo del franquismo y la transición democrática, como Suárez y el rey, sino también de la Guerra Civil (1936-1939).

Desatada la insurrección del bando nacionalista, el dirigente todavía socialista se enroló en el bando republicano. Poco después, se afilió al PCE y fue nombrado Consejero de Orden Público de la Junta 

de Defensa de Madrid. Cuatro columnas nacionalistas avanzaban contra trincheras republicanas. En virtud de la experiencia vivida en otras ciudades, en Madrid se comenzó hablar de «la quinta columna» que surgiría de los miles de franquistas presos en las cárceles. El temor era que lograran liberarse y pasaran a combatir al Gobierno electo desde las calles mismas de Madrid.

Se dispuso entonces el traslado de los presos franquistas. En plena noche, en noviembre de 1936 se aceleró la mudanza desde la Cárcel Modelo. Las cifras varían entre unos mil y 5.000 que fueron ejecutados en la localidad de Paracuellos de Jarama. Esto ocurrió, en gran parte, cuando Carrillo era encargado de Orden Público de Madrid.

El franquismo atizó la denuncia contra el dirigente de izquierda cuando éste fue electo secretario general del Partido Comunista en el exilio, más de veinte años después de «la masacre de Paracuellos». Las versiones son encontradas. Hasta en las últimas entrevistas concedidas, Carrillo, que mantuvo actividad pública hasta este año, admitió los traslados, pero negó toda responsabilidad en las ejecuciones.

Emblema del comunismo tras haber desplazado a Dolóres Ibárruri («La Pasionaria»), regresó del exilio en 1976 y desde entonces dirigió las negociaciones de la transición en nombre del PCE. En 1985 fue expulsado de su formación («el día más triste de mi vida») y años después se acercó con un grupo al PSOE ya reformado por Felipe González. Todos fueron admitidos menos Carrillo, tras lo cual abandonó la política.

En el epílogo de su vida, rechazó el intento del juez Baltasar Garzón de juzgar los crímenes del franquismo.

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